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El mito de Melisa

El mito de Melisa

En ocasión de su boda, Zeus lanzó un concurso: quien trajera la preparación culinaria con mejor sabor y de más originalidad, habría podido pedirle cualquier deseo.

Todos los animales prepararon las más preciadas delicias para presentarlas en la boda de Hera y Zeus. Preparaciones dulces y saladas, delicadas y sabrosas se dispusieron en la mesa del banquete, para que el Rey y la Reina de los dioses pudieran juzgarlas. Zeus y Hera probaron, bebieron, lamieron, cataron y olieron las preparaciones como críticos de cocina profesionales. Los concursantes, aguantaban la respiración esperando el veredicto.

El premio fue a parar a una criatura de apariencia tímida, llamada Melisa. Había ofrecido a los dioses una pequeñísima ánfora, llena de una sustancia viscosa color ámbar. “Ah, sí” dijo Zeus, mojando el dedo con una expresión de conocedor y asintiendo con la cabeza, “resina de pino”.  Pero el contenido del ánfora era algo nuevo y diferente. Era pegajosa, pero no era un ungüento; era densa, pero no pesada; dulce, pero no llegaba a ser empalagosa y dotada de un perfume embriagador. El nombre que Melisa asignó a la sustancia fue “miel”. Cuando Hera tomó una cucharada de miel sintió que el perfume de las más agradables flores de río y de las más aromáticas hierbas del monte danzaban en su boca. Zeus chupó el otro lado de la cuchara y ninguno de los dos tuvo dudas sobre el plato ganador del concurso.

Entonces Melisa se acercó para pedir el premio que deseaba. Melisa era muy pequeña y parecía aún más pequeña mientras se acercaba al podio. Podía volar, aunque no pareciera posible, dada su forma abultada y pesada, así que se acercó a la cara de Zeus y le dijo con un zumbido: “Me alegro de que te haya gustado mi delicia, pero tengo que decirte que es extremadamente difícil de obtener. Tengo que ir de flor en flor para recolectar el néctar que está en el fondo, solo una pequeña cantidad puede ser succionada y transportada. Todas las horas de luz del día las paso succionando néctar para luego llevarlo al nido, volando largas distancias. Al final del día tendré en cualquier caso una mínima porción de néctar que pueda convertir con mi procedimiento secreto en la preparación que tanto te ha gustado. Para la pequeña ánfora que te he traído, he tenido que trabajar 4 semanas y media. El perfume de la miel es tan irresistible, que muchos vienen a atacar mi nido. Lo pueden hacer sin ser luego castigados, ya que soy tan pequeña y lo único que puedo hacer es enfadarme y echarlos. Majestad, todo lo que te pido es un arma. Has dotado de armas a los escorpiones y a las serpientes, que no producen comida, dame un arma como la de ellos. Una mortal, para matar a todos los que se atrevan a robar las reservas de mi preciosa miel”.

Zeus fruñó el ceño, se acercaba una tormenta, los animales se apartaron asustados. El rey del Olimpo no tenía tiempo para los que se irritaban fácilmente y que iban de víctimas. Esta innoble criatura voladora del tamaño de un punto estaba entonces pidiendo un arma mortal. ¿En serio?

“Miserable insecto” tronó. “¿Cómo te atreves a pedirme un premio tan monstruoso? Un talento como el tuyo tendría que ser compartido, no celosamente acumulado. No solo tendría que rechazar tu solicitud…”

“¡Pero diste tu palabra!”, interrumpió Melisa resentida.

Hubo un jadeo colectivo, ¿había realmente interrumpido a Zeus, poniendo en cuestión su honor?

“Perdona, pero lo que proclamé fue…” empezó la divinidad conteniéndose, “que el ganador habría podido pedir cualquier premio. No prometí que la petición fuese a ser aceptada”. Las alas de Melisa bajaron por la decepción.

“De todas formas”, continuó Zeus, levantando una mano “a partir de ahora haré que la colecta del polen sea más fácil, porque no vas a trabajar sola. Serás la reina de una colonia, de un entero enjambre de seres productivos. Además, voy a darte un aguijón mortal y doloroso”. Las alas de Melisa se levantaron con un salto.

“Pero” continuó Zeus, “causará un fuerte dolor al ser que sufra la picadura y, al mismo tiempo, causará la muerte de tu especie. Así sea.”

Después de un último trueno, el cielo empezó a clarear.

De repente Melisa notó un extraño movimiento en su interior. Miró hacia abajo y vio que algo largo, fino y puntiagudo, como una lanza, salía de la parte inferior de su abdomen. Era un aguijón, fino como una aguja, pero con una terrible sierra al final. Con una rápida contracción, un zumbido y un gemido final, se fue volando.

Melisa sigue siendo el término griego para la abeja melífera y su picadura es un arma suicida, usada como último recurso. Si intentara alejarse volando después de haber introducido la sierra en la piel de la víctima, la abeja extraería sus entrañas en el intento de liberarse. Las avispas, sin embargo, aun siendo pesadas, nunca hicieron una petición tan egoísta y arrogante.

La ciencia llama a la categoría de los insectos a la que pertenece la abeja melífera Hymenoptera, que en griego significa “alas de boda”.

A pesar de lo sucedido, Zeus declaró que la miel representaría a partir de ese momento la comida de los dioses.

Adaptado de “Mythos” de Stephen Fry.

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